La cultura, según plantea Clifford Geertz (2005), es un concepto denso, complejo y polisémico que se refiere a la vez a una gran cantidad de conceptos y, de la misma manera, los engloba todos. Sin embargo, al hablar de cultura audiovisual es necesario tener un concepto común de lo que es cultura, para lo cual la definición del autor será un buen punto de partida.
“El hombre es un animal inserto en tramas de significación que él mismo ha tejido, considero que la cultura es esa urdimbre y que el análisis de la cultura ha de ser por lo tanto, no una ciencia experimental en busca de leyes, sino una ciencia interpretativa en busca de significaciones.” (GEERTZ. 2005. Pp.20)
Partiendo de este entendimiento de cultura según el concepto de Geertz, se puede entonces llegar a la idea de que cultura audiovisual se refiere a un sistema de significados, creados conjuntamente por varias personas, y que se derivan de una serie de eventos audiovisuales ligados directamente al día a día de los mismos.
Adentrándonos más aún en este terreno, existe en el término cultura audiovisual, una reciprocidad según la cual el ver es una acción culturalmente determinada (MIRZOEFF. 1999), y a su vez la información visual que recibimos crea una serie de relaciones de significado que conforman aquella urdimbre de la que hablaba Geertz.
De esta manera, la forma en la que vemos no es dictaminada biológicamente, responde a todo un proceso de culturización, entendido como el hacernos partícipes de esta relación de significados derivados de los eventos visuales. Un ejemplo claro de esta cuestión se encuentra en la anécdota contada por Davies (2009), en la cual una comunidad indígena recibe imágenes en dos dimensiones de un grupo de misioneros y, al no estar acostumbrados a la visión bidimensional, entienden a estas personas como demonios y al verlos los atacan.
Esta relación que plantea el ver como una capacidad de abstracción culturalmente desarrollada, es planteada por Nicholas Mirzoeff, quién incluso afirma en su “An introduction to visual culture” que es una capacidad desarrollada recientemente por los seres humanos, y propone cada acto visual como un juicio emitido por quién ve.
“This remarkable ability to absorb and interpret visual information is the basis of industrial society and is becoming even more important in the information age. It is not a natural human attribute but a relatively new learned skill.” (MIRZOEFF. 1999.)
Más allá de la primera mitad de este círculo que propone el ver como un acto cultural que va más allá de un acto meramente biológico, existe una segunda mitad del proceso, que consiste en entender los elementos visuales como elementos formadores de nuestra cultura y nuestra identidad.
Bien explica Berger en su libro “Modos de ver” (2007) la relación existente entre el ser humano y su entorno a través de lo visual, de manera que el acto de ver o el evento visual es aquel que le da una perspectiva de su entorno, de sí mismo, y de su lugar en dicho entorno. Se podría entonces llegar a la premisa de que es a través del evento visual que el ser humano construye su concepto de sí mismo, es decir, su identidad.
Es importante entonces, regresar a Mirzoeff para responder a la pregunta de qué conforma exactamente el evento visual; la definición dada por el autor es clara y propone un paso más allá de la sencilla relación entre el objeto observado y el sujeto observador, ya que habla de un punto intermedio, un médium entre el uno y el otro.
“The constituent parts of visual culture are, then, not defined by medium so much as by the interaction between viewer and viewed, which may be termed the visual event. When I engage with visual apparatuses, media and technology, I experience a visual event. By visual event, I mean an interaction of the visual sign, the technology that enables and sustains that sign, and the viewer” (MIRZOEFF, 1999)
Al intervenir un tercero en el evento visual, según es descrito por Mirzoeff, damos cabida a un intermediario, tecnológico o mediático, como influencia directa y responsable del proceso visual que conforma la identidad de quien ve, al igual que su perspectiva del mundo.
Aparece entonces un primer esbozo del peligro de los medios de comunicación y las nuevas tecnologías como intermediarios entre la realidad y el sujeto puesto que son, inminentemente, una reducción de la realidad a imágenes en las cuales intervienen intereses particulares de quienes las producen y manipulan. Podemos entonces empezar a preguntarnos por el grado de intervención que tienen las imágenes que recibimos a diario, y por ende ¿qué tan viciadas por estos intereses están nuestras percepciones de nuestro entorno, nuestro lugar en el mismo y nuestra propia identidad?
“Unlike photography and film which attested to the necessary presence of some exterior reality, the pixelated image reminds us of its necessary artificiality and absence. It is here and not here at once. It is interactive but along lines clearly set by the global corporations that manufacture the necessary computer and television equipment.” (MIERZOEFF. 1999)
Es entonces cuando el acto de ver cae ante la vieja duda planteada por Walter Benjamin en cuanto a la reproductividad mecánica del arte (1981); para Benjamin, el arte al ser reproducido mecánicamente, pierde el valor del aquí y el ahora, es reducido y pierde lo que se denomina a lo largo del texto como aura, su valor y su autenticidad. “Con otras palabras: el valor único de la auténtica obra artística se funda en el ritual en el que tuvo su primer y original valor útil” (BENJAMIN. 1981. Pp. 439)
Ahora, el acto de ver no se refiere únicamente a la obra artística, sin embargo este concepto puede extrapolarse al evento visual de cualquier objeto que es mediado y reproducido infinitamente por aparatos tecnológicos, difundiendo una idea de quién hace de medio, presentándola como realidad, y en últimas privándolo de su aura lo cual a la vez pone en duda su autenticidad.
“Aunque todavía pueden identificarse en estas imágenes, algunos códigos óptico-miméticos (el realismo fotográfico o la representación espacial en perspectiva), en ellas prevalece la referencia a espacios y tiempo virtuales que sólo pueden experimentarse por medio de la tecnología” (GONZALES. 2005. Pp. 122)
La transformación de la imagen en información, con el desarrollo de la tecnología digital, tiene serias implicaciones en la concepción de la misma; ya el receptor no se encuentra frente a un producto terminado, más bien tiene ante sus ojos un producto dinámico que puede ser intervenido por él mismo o por cualquier cantidad de receptores de ese momento en adelante. Ya la fotografía no es más un producto estático, es ahora un objeto cambiante que, con cada alteración, se aleja más y más del referente.
“La digitalización rompe la cadena, introduce la manipulación directamente en el spectrum y, al mismo tiempo, hace indistintos espectros y fantasmas. Los fotones se convierten en pixeles, reducidos estos a ceros y unos en los cuales pueden efectuarse cálculos discretos. De esencialmente indudable cuando es analógico (cualquiera que sea su manipulabilidad accidental), el eso ha sido para a ser esencialmente dudoso cuando es digital (lo que se convierte en accidental es la ausencia de la manipulación).” (STIEGLER. 1998. Pp. 188)
Al igual que Stiegler, Mirzoeff llega a una conclusión preocupante, no podemos confiar en lo que vemos; esta premisa presenta un gran problema según el circulo de interacción planteado anteriormente, puesto que si no podemos confiar en lo que vemos, y lo que vemos determina nuestra identidad y nuestro entorno, entonces no podemos confiar en lo que creemos que tenemos a nuestro alrededor o en lo que creemos de nosotros mismos.
En conclusión, después de entender y analizar las ideas sobre el ver, la mediación y la importancia recíproca de los mismos en la cultura, nos queda preguntarnos si todavía podemos ver para creer, y el ver algo es suficiente prueba de su veracidad y autenticidad, si se puede creer lo que se ve o si todo aquello que vemos está determinado por intenciones externas de quienes controlan los medios o por propiedades desacralizadoras de los mismos, o si más bien lo que vemos en un reflejo de aquello que creemos y proyectamos.
Bibliografía
· Benjamin, W. (1981). La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica. En Curran, J., Gurvitch M. y Woollacot J. Sociedad y comunicación de masas (pp.433-460). México D.F.: Fondo de Cultura Económica.
· Berger, J. et al. (2007). Modos de ver. Barcelona: Editorial Gustavo Gili
· Davis, W. (2009). Wade Davis on Endangered Cultures. Disponible en: http://www.ted.com/talks/lang/eng/wade_davis_on_endangered_cultures.html (2010-08-29)
· Geertz, C. (2005). La Interpretación de las Culturas. Barcelona: Gedisa.
· González Flores, L. (2005). Las imágenes de alta tecnología como práctica, ética y estética tecnorromántica. En Aguayo, F. y Roca, L. (Eds.). Imágenes e investigación social (pp. 119-135). Instituto Mora. México. 2005.
· Mirzoeff, N. (1999). An Introduction to Visual Culture. London and New York: Routledge. Disponible en: http://home.comcast.net/~jay.paul/mirzoeff.htm
· Stiegler, Bernard. (1998). Ecografías de la televisión. Eudeba. Buenos Aires.